REGRESO DEL CAMINO ARAGONÉS
Preparación y desplazamiento hasta Somport
La preparación del Camino, aunque hay personas que no le dan mucha importancia, para mí es fundamental. Puede darse el caso de que algunos peregrinos tengan una buena forma física, con lo cual la preparación es mucho más sencilla. Pero os puedo asegurar, amigos listeros, que éste no es mi caso, ya que no me caracterizo por tener un cuerpo Danone precisamente; más bien diría que es todo lo contrario, o sea, que un humilde servidor tiene un peaso de cuerpo Bolly Cao que no se puede aguantar. Y seguramente que más de uno se preguntará...¿Qué habrá querido decir con eso del "cuerpo Bollly Cao"? ¿Será que además de maño, se está volviendo gilipuertas?. Pues no. Os quiero decir que peso 137 kilogramos, y que junto con todo el equipo paso de los 150 kilogramos. Es por ello que mi preparación debía ser progresiva pero bastante controlada al mismo tiempo.
A finales de agosto comencé a darme unas caminatas en solitario y sin mochila. Un día de 10 kilómetros, al siguiente de 16 y al siguiente de 20. Después comencé el 1 de septiembre a caminar con mi hermano Juan Luis (compañero de aventura), sin mochila, 16 y 20 kilómetros. Y más tarde empezamos a caminar con mochila, 16 y 20 kilómetros, y tras un día de descanso, hicimos 23 y 33 kilómetros con mochila.
El lunes 11 de septiembre (felicidades por retrasado a todos los catalanes) cogimos en Zaragoza el tren que salía a las 15:20 con dirección a Canfranc-Estación. En el vagón íbamos el revisor, mi hermano y yo. La charla era amena y muy divertida. Como el calor apretaba, y con las prisas no había cogido agua (eso sí, estaba muy guapo con mi cantimplora-bandolera de dos litros, pero vacía), pregunté al revisor dónde podía comprar agua, en qué estación, y me respondió que la primera estación con parada y bar era la de Sabiñanigo.
Tras subir al tren, continuamos camino hacia Canfranc-Estación, a donde llegamos a las 19:30. Tras despedirnos del revisor, nos tomamos un pequeño tentenpié en un bar y nos fuimos a la parada del Mancobús, que llegaría a las 20:00 para llevarnos hasta Somport. Llegamos a la parada a las 19:50, y entonces, pasó algo tan inesperado como espectacular. Llega un coche de la Guardia Civil y tres Land-Rover de la Policía Nacional y montan delante de nuestras narices y en menos de dos minutos un control policial, con chalecos antibalas, subfusiles Star Z-70 B y demás parafernalia. Paraban a todos los vehículos y les tomaban las matrículas. Mi hermano y yo nos quedamos alucinados, porque todo esto era exactamente delante de nosotros.
A las 20:01 llegó el autobús de la Mancomunidad del Valle Alto del Aragón y nos llevó hasta Somport. Por el camino nos encontramos a una hermosa vaca en nuestro carril que parecía poco dispuesta a dejarnos pasar. La solución, intermitente y adelantamiento a una vaca. Demasiadas anécdotas para una sóla tarde, pensaba yo.
Somport - Jaca
A las 07:00 del martes 12 de septiembre suena el primero de los seis despertadores que habíamos programado para tener la seguridad de que no nos quedaríamos dormidos. Como quedaban otros cinco por sonar, aprovechamos para remolonear un poquito en la cama a la espera de que fueran sonando los otros minuto a minuto, hasta que a las 07:05 sonaba el último, lo cual implicaba pasar de la posición horizontal a la vertical, más conocido por "levantarse" (he de reconocer que era la cosa que más odiaba de todo el camino, aunque creo que no es culpa del camino, ya que en casa me pasa lo mismo; ¡es que se está tan a gustito en la cama...!). La credencial la habíamos sellado la nocha anterior.
Tras el desalojo de legañas y la toma de contacto con la vida real después de lavarnos (el agua fría de Somport es realmente fría) procedimos a darnos un pequeño homenaje culinario a base de barritas y frutos secos con zumo de frutas en la misma habitación, y una vez hecha la mochila, había llegado la hora de comenzar de verdad nuestra aventura.
El día estaba despejado, ni una nube, aunque al estar encajonado entre montañas, el sol se resistía a darnos los buenos días. Me faltan palabras para describir los paisajes que se presentaban ante nosotros. Estamos hablando de los Pirineos, y tan sólo se me ocurre un simil, tan infantil como real. ¿Os acordais de Heidi? Pues así era el paisaje, con montañas, árboles, verdes praderas a nuestros pies, montañas peladas que se presumen cubiertas de nieve en tiempos más fríos. Como diría Jesulín de Ubrique, todo esto se puede resumir en dos palabras: im presionante.
Nos acercamos al primer puente de madera, compuesto por dos troncos largos dispuestos en forma logitudinal y varios tablones a modo de travesaños, como en las vías del tren, y aquí viene la primera anécdota. ¿Recordais que aquí el nene con todas sus cositas pesaba más de 150 kilogramos? Bueno, pues al acercarme al puente, no se me ocurre otra cosa que pisar el primer travesaño por un extremo para tomar el puente, y como os imaginareis, el tablón pivotó y me golpeó en la rodilla izquierda, como en las películas de risa, y para risa la que me dió a mí. Apenas me hice daño, pero la situación era tan ridícula que no pude evitar el partirme de risa, como riéndome de mí mismo.
Tras la autotontería del tablón, seguimos nuestra marcha y la senda se transformó en un camino de tierra que atravesaba un bosque. Llevábamos tan sólo unos 3 ó 4 kilómetros caminados, y en ese camino eran abundantes los excrementos de vaca. Más bien parecía un campo minado.
A los 7 kilómetros de camino llegamos a Canfranc-Estación, a allí se dejaron ver por primera vez los rayos de sol. Era una mañana fresca y despejada (y con vacas sueltas, que se iban a pastar y volvían sin necesidad de pastor) y de repente, escuchamos en este bello lugar unos rugidos. ¡No me fastidies que también hay tigres!, pero no. Eran nuestros estómagos que descaradamente pedían algo para pasar el rato. Y como somos muy buenos chicos, nos fuimos a un bar de Canfranc-Estación a las 10:00 y nos dejamos querer por unos platos combinados a base de huevos fritos, patatas fritas y chorizo frito. Como digo yo, colesterol con patas. Sin olvidarse de las tres latas de refresco reglamentarias y el agua para repostar la cantimplora y la botella de litro y medio que llevamos.
Al salir de Canfranc-Estación nos encontramos a un abuelete la mar de simpático, y todos los días se iba caminando de Canfranc Estación a Canfranc-pueblo y vuelta. En total, aquel buen hombre de 87 años caminaba 8 kilómetros todos los días. Ése era su gran secreto. Tras despedirnos de él y haber contemplado el fuerte de Coll de Ladrones, seguimos nuestro camino hacia Canfranc-pueblo, dejando a nuestra derecha la Torre de Fusileros, en la cual ondeaban las banderas de la Comunidad Europea, España y Aragón. Al poco tiempo llegamos a Canfranc-pueblo, donde repostamos agua y vimos desde fuera la iglesia, que estaba cerrada y presentaba un aspecto algo deteriorado por el exterior, sin un estilo definido. A la salida de Canfranc-pueblo cruzamos por el puente medieval de los peregrinos y nos encaminamos hacia Villanúa. La bajada hasta Villanúa era realmente vertiginosa, pero a partir de ahí, el valle se ensancha y la pendiente disminuye bastante sin llegar a desaparecer.
Villanúa era el sitio elegido para acallar los nuevos rugidos estomacales, ya que eran las 15:00 y los platos combinados de las 10:00 los teníamos en los pies.
A mitad de camino entre Villanúa y Castiello de Jaca escuchamos unos pasos a nuestras espaldas. Era una pareja de catalanes (Alex y Berta) que habían salido de Somport dos horas más tarde que nosotros, y nos habían dado alcance debido a dos motivos: caminaban un poco más rápido que nosotros, y no se paraban para comer, ya que llevaban barritas energéticas y se las comían caminando. Tras una grata charla, les dijimos que no se cortaran, que nos adelantaran, y así lo hicieron.
Tras la gran subida y el gran descenso que suponía pasar por Castiello de Jaca, paramos a merendar al lado de una acogedora sombra, junto a un supermercado y cerca de una máquina de refrescos (cayeron cuatro latas, lo siento). Aproveché para comprar pinzas para la ropa en el supermercado y tras la merienda proseguimos nuestro último tramo hacia Jaca.
Ya sin sol, la luz del día se iba apagando y a lo lejos se veía Jaca. Poco antes de llegar a Jaca, hicimos un alto técnico en unas moreras de moras frescas, dulces y enormes, que endulzaron nuestros ultimos kilómetros hacia la capital jacetana. A mi mente volvió el tema de mis ronquidos.
A la mañana siguiente, una chica de Pamplona (Maribel) había cogido su colchón y se había ido a otro piso debido a mis rebuznos noctámbulos, Alex y Berta no pegaron ojo a partir de las cinco de la mañana por el mismo motivo, una pareja de chicas me miraban con cara de mala leche por mis ronquidos, pero a la vez con cierta resignación por no haber aceptado mis tapones. Y es que ya lo dice el refrán: el que avisa no es traidor, es avisador.
Jaca - Puente la Reina de Jaca
¡Pero mira que ya lo advertí, que ronco mucho y muy fuerte por las noches!, y las respuestas que obtenía al ofrecer los taponcitos salvadores ya las conoceis de sobra: "jiji, jaja, no será para tanto...". Pero por lo menos puedo asegurar, amigos listeros, que tengo la conciencia tranquila, que el que no aceptó los taponcitos fue porque no quiso, o porque se había dormido una hora antes de lo previsto.
Debido a la hora tan tardía a la cual llegamos el día anterior a Jaca, no pudimos ver la misa de peregrinos que se celebraba a las 20:00 en la Catedral de Jaca, y cuando llegamos, no quedaban fuerzas para hacer turismo por la ciudad. Este miércoles 13 de septiembre nos levantamos a las 08:00, ya que íbamos a encontrarnos con una etapa más corta que la de ayer (21 kilómetros) y totalmente llana, a excepción de un poquito de montaña sobre el kilómetro 10.
Eran las 10:00, y tras dar un temprano placer a nuestros estómagos, nos decidimos a seguir las conchas jacobeas que hay en las aceras de Jaca y que indican la salida de la ciudad por nuestro querido Camino Aragonés. Tras seguir las conchas durante unas calles y manzanas, y antes de salir de la capital jacetana, nos encontramos con Alex y Berta (muy majos y agradables), la pareja de catalanes que nos adelantaron ayer en dos ocasiones y que habían rechazado mis taponcitos por la noche (con un resultado de no poder dormir desde las 5 de la mañana hasta que nos despertamos), y juntos, los cuatro, comenzamos a buscar la salida de Jaca.
Una vez en el camino de tierra por el cual abandonábamos Jaca, vimos cómo dos peregrinas preferían salir por la carretera en lugar de seguir la ruta por tierra (para gustos están los colores), tras lo cual nunca más volvimos a saber de ellas. Tras caminar un ratito juntos mi hermano, Alex, Berta y yo, les dijimos que si querían acelerar e ir a su paso que lo hicieran, que por nosotros no fueran con el freno echado, y así lo hicieron. Alex y Berta, por su calzado y por su equipo (bordones metálicos y telescópicos, es decir, auténticos bastones de montaña) dejaban ver que no era la primera vez que se dedicaban a hacer caminatas. Mi hermano y yo en estos temas éramos totalmente primerizos.
El camino discurrirá toda la jornada muy cerca y paralelo a la carretera que lleva desde Jaca hasta Pamplona, cruzándola en unas cuantas ocasiones, pero sin separase de dicha carretera. Cruzamos por primera vez la carretera y ahora la tenemos a nuestra derecha, y al rato nos encontramos a Alex y a Berta parados, ella se estaba cambiando el calzado (cambiaba sus botas de montaña por unas zapatillas de deporte), ya que había unos amagos de ampolla que la estaban molestando.
Una vez relajado el cuerpo, sosegado el espíritu, refrescada la boca y alimentado el estómago, continuamos la marcha hasta Santa Cilia de Jaca, a la cual llegamos tras caminar 15 kilómetros y cruzar nuevamente la carretera (ahora la tenemos a nuestra izquierda), faltándonos tan sólo 6 kilómetros para el final de la etapa.
Al poco rato de salir de Santa Cilia de Jaca, cometimos un pequeño error. Nuestro camino de tierra cruzaba la carretera de derecha a izquierda, y el Camino Aragonés seguía pegado al arcén izquierdo, pero nosotros continuamos por el camino de tierra que poco a poco se iba separando de la carretera por su margen izquierda. Las sospechas vinieron cuando llevábamos un buen rato sin ver ninguna flecha amarilla, pero tampoco nos preocupaba, ya que en ningún momento perdimos la carretera de vista, y sabíamos que estábamos en la dirección correcta, aunque un poco desplazados del camino real.
En el hotel, en el cual yo había reservado habitación por teléfono hacía una semana (e hice bien, porque estaba casi lleno cuando llegamos), nos encontramos a Alex y Berta, y los peores pronósticos se acababan de confirmar: a Berta le había salido una ampolla en la parte anterior de cada pie, con lo cual peligraba su continuidad en el camino hasta Burgos. Lavamos la ropa, fuimos a la farmacia y a una tienda de alimentación para repostar nuestros cuerpos serranos. También nos acercamos a una pequeña caseta de información para que nos sellaran la credencial, ya que el hotel no disponía de sello del camino.
Esta noche tenía la tranquilidad de que no molestaría a nadie con mis ronquidos, ya que mi hermano tenía su ración de taponcitos. Nosotros estábamos en la habitación 102 y Alex y Berta en la 103. Muy fuerte debería roncar para que mis rebuznos llegaran a molestarles.Me pongo la radio para dormir y escuchar los resultados del fútbol europeo. Los primeros cinco minutos, yo escucho la radio, pero después, la radio escucha mis ronquidos. Espero no molestar a nuestro querido José María García...
Puente la Reina de Jaca - Artieda
A la mañana siguiente, las ampollas de Berta pusieron fin a su aventura hasta Burgos.
Tras recoger la colada y hacer la mochila (como todas las mañanas), llego a la conclusión de que, aunque suene a tontería, no hay tanta diferencia entre dormir en un hotel de tres estrellas y hacerlo en un albergue, a efectos de descanso, ya que tienes tu ducha, tienes tu cama; es más, la habitación del hotel te aisla del resto de los peregrinos, y esto sólo es bueno para quien se quiera ahorrar mis ronquidos.
A las 09:00 bajamos con todo el equipo y nos dirigimos hacia la gasolinera que había enfrente para desayunar a base de barritas y galletas. En esta etapa hay que tener una cosa muy clara: no hay poblaciones intermedias entre Puente la Reina de Jaca y Artieda, ya que se pasa cerca de Martes y Mianos, que son pueblecitos sin ningún servicio, pero no se pasa por ellos. Todo esto nos lleva a la conclusión de que hay que hacer buen acopio de agua. Mi hermano y yo llevamos ese día una cantimplora de dos litros y dos botellas de agua de litro y medio, aunque al llegar a la altura de Mianos, nos encontramos con una agradable sorpresa. Pero vayamos por orden.
A las 09:30 salíamos de Puente la Reina de Jaca, tras haber devorado un litro de zumo de frutas y sendos batidos de chocolate de tres cuartos de litro, aparte de agua, chocolatinas, galletas, etc.
Cerca ya de Martes, la tierra toca un poco al asfalto (carretera que va a Martes), tan poco que a los 50 metros se vuelve a convertir en tierra al desviarse a la derecha y subir una cuesta de las que tanto me emocionan para continuar por una auténtica llanura sin árboles, pero si giras la cabeza a derecha e izquierda podrás disfrutar de las laderas del valle, que no tienen desperdicio alguno. Martes queda a nuestra izquierda y poco a poco se coloca a nuestra espalda.
Salimos de la provincia de Huesca y entramos en mi querida Zaragoza. Empezamos a bajar para cruzar el cauce de dos riachuelos, y el paisaje se torna espectacular, con formas grisaceas, redondeadas y erosionadas que mas bien recuerdan a un paisaje lunar.
Como íbamos bien de tiempo (por el móvil me había informado de que en el albergue de Artieda no había problema de alojamiento, y que las comidas se servían hasta las 15:30, cerrando el comedor a las 16:00), y teniendo en cuenta que eran las 13:40, decidimos visitar a este buen hombre. Hasta ese momento, sólo habíamos hecho las paradas mínimas relacionadas con necesidades fisiológicas de tipo líquido, también conocido como "aguas menores", aunque espero que nadie se escandalice si digo que eran las paradas de orinar, hacer pis o mear (tan natural y necesario como el respirar). Nos acercamos a la entrada de la granja y veo que se nos acerca un hombre de setenta y pocos años con paso pausado y rostro agradable. Cuando le veo, pongo cara de listillo y le pregunto...¿no será usted por un casual Don Francisco Peralta?. A lo cual el me contestó..."el mismo". Nos invitó a pasar los soportales de su casa y, como le dijimos que nos habían dado agua fresca, nos invitó a vino tinto fresquito y galletas. Nos quitamos las mochilas y dejé mi bordón apoyado en la puerta de entrada de su casa.
Son las 14:20 y partimos en dirección a Artieda. No estoy acostumbrado a tomar alcohol, ya que a pesar de mis 34 años, mis vicios alimenticios son los mismos que los de un niño de 10 años: refrescos, batidos, chocolatinas, galletas, frutos secos, y demás porquerías que mi madre me tiene prohibido desde hace más de 20 años. Pero con el vinillo en el cuerpo y tan cerca del final de etapa, a uno le entran las alegrías post-ingesta alcohólica y, además, sintonizando mi miniradio (eterna compañera de viaje), localizo una emisora que estaba poniendo mi tipo de música favorita: funky.
Una vez llegado a la finca de San Martín, le cuento a Don Francisco lo ocurrido y él mismo se ofrece para acercarme en uno de sus todo terreno hasta un punto por el cual pasaría mi hermano. Yo le pedí si podía llevarme por el Camino Aragonés para darle alcance, pero él me contestó que el camino estaba muy mal para los vehículos. Me llevó por el asfalto, pasando por Mianos y acercándonos a Artieda. Me dejó en la carretera, donde el Camino Aragonés dejaba la tierra y tocaba asfalto. Allí me despedí nuevamente de Don Francisco, que además de vino y galletas, me había hecho un gran favor. Llamé a mi hermano por el móvil (él también tiene móvil) y le dije que estaba delante de él y que le esperaba. Tras esta experiencia saqué dos conclusiones. La primera es que había hecho un poquito de trampa (me ahorré unos dos kilómetros más o menos). Y la segunda es que se va mejor en un todo terreno con aire acondicionado que pateando a las 15:10 bajo un sol casi de justicia.
A los cinco minutos aparece mi hermano y juntos, por asfalto, comenzamos a ascensión a Artieda, que tampoco es moco de pavo (sin llegar a ser el Angliru).
A media tarde, tras hacer la colada y descansar un rato, cayó un macrobocadillo de chorizo de Pamplona por 300 pesetas, con vino por cuenta de la casa. Para cenar, se preparó una mesa para los siete peregrinos que estábamos esa noche: los dos alemanes (Kurt y Adolf), un matrimonio francés (Frank y Silvette), y una chica de Pamplona (Maribel). Maribel ya conocía mis ronquidos de la noche de Jaca. Fue una cena muy amena y divertida, ya que yo hablaba en francés con el matrimonio francés, mi hermano hablaba en inglés con los alemanes, y Maribel solo hablaba español, aunque le traduciamos todo lo que se hablaba para que no se sintiera desplazada. Aquello era una mezcla de That´s English y Follow Me en versión jacobea. La cena consisitió en una sopera completa de crema de calabacín (exquisita, y mira que a mí no me tiran mucho las verduras, pero voy a escribir una carta a Cristina para que me mande la receta), ensalada y una fuente de calamares fritos, y de postre, macedonia de frutas, con vino y agua hasta hartarse. El de Artieda es, con diferencia, el mejor albergue del Camino Aragonés. Las vistas que hay desde Artieda son fantásticas, y los cantos de los grillos al atardecer son la mejor invitación para dejarte caer en los brazos de Morfeo.
Tras la cena, una reconfortante ducha y a dormir, porque se acabaron las etapas cortas, y mañana ya hay que levantarse a las 06:00 para caminar 33 kilómetros. Me pongo la radio y escucho que el Real Zaragoza acaba de ganar por 4 a 1 al Wisla de Cracovia (Polonia). Un día redondo, o casi porque...¡Mira que olvidarme el bordón en la granja de San Martín!...
Artieda - Sangüesa
Hoy no pude hablar con Dios, tenía cobertura con MoviStar, pero no con GodSky; otra vez será.
Después del aseo matutino para ponernos guapos (cosa realmente muy difícil de conseguir), y tras hacer la mochila, comenzamos a caminar a las 07:45 con los deseos de disfrutar de esta cuarta etapa de 33 kilómetros. El paisaje empieza a cubrirse de vegetación. Vamos por una pequeña carretera de asfalto sin nada de tráfico, con un bosque de pinos a ambos lados, y al llegar a la altura del antiguo kilómetro 28, se abandona la carretera para seguir una senda cuyo trazado discurre por el bosque de pinos. A nuestra derecha podemos ver el pantano de Yesa, que está creando una seria polémica en esta zona del alto Aragón y en Navarra. El problema no es el pantano en sí, sino los planes que hay para llevar a cabo su recrecimiento. Nos quedamos en el punto en el cual abandonamos el asfalto y cogemos una senda.
Vamos a hacer un pequeño paréntesis. Seguidamente voy a citar literalmente una carta fechada en el Canal de Berdún en el verano de 1999, en la cual se habla perfectamente de la cuestión del pantano de Yesa. No pretendo hacer política, entre otras cosas porque la política no me da de comer. La citada carta nos cuenta simplemente lo que va a suceder en caso de llevar a cabo el recrecimiento del embalse de Yesa. Creo que lo más objetivo es tomárselo como una noticia-protesta, y que después cada uno saque sus consecuencias. Yo no voy a pronunciarme ni en un sentido ni en otro. La carta dice así:
"Muy señores nuestros: El Camino de Santiago está declarado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), un Bien de Interés Cultural Patrimonio de la Humanidad, por la importancia que ha tenido durante siglos y sigue teniendo en la actualidad como nexo de unión entre diferentes culturas y civilizaciones de toda Europa. Dicha figura de protección no sólo afecta al Camino como vía física de comunicación, sobre todo pretende proteger el bagage cultural y patrimonial que lleva asociado.
CAMINO DE SANTIAGO
ARTIEDA
ESCÓ
RUESTA
SIGÜÉS
TIERMAS
Esta es la carta. Si ahora siguiera con el relato del Camino Aragonés, creo que no estaría siendo ni objetivo ni imparcial. He transcrito una carta que refleja un lado del conflicto. Pero quiero pensar y pienso que si se deciden a efectuar el recrecimiento del embalse de Yesa, será porque tiene algún lado positivo (reserva hidrográfica, agricultura, regadíos, sinceramente no lo sé) frente a lo que refleja la carta. Y aquí es cuando reconozco que ignoro por completo cuáles son los beneficios que se generan con tal recrecimiento. Por ello, ruego a quien conozca el tema en profundidad, me lo comunique a mi correo personal (nunca a través de la lista, ya que es una curiosidad personal que se encuentra totalmente aparte de la finalidad para la cual fue creada la lista; por favor, a mi correo personal que figura al final; gracias por adelantado), ya que tengo gran interés en saber cuál es el otro lado del conflicto, cuáles son las ventajas de tal recrecimiento. Sólo en ese momento es cuando uno puede tener una visión global y total del conflicto, y a raíz de ahí, sacar cada uno sus propias conclusiones con los suficientes elementos de juicio como para hacerlo de forma objetiva.
Volvamos nuevamente al Camino Aragonés. Como recordareis, habíamos abandonado la pequeña carretera de asfalto y nos adentramos en una senda que discurría por un bosque de pinos. Al poco rato de caminar nos encontramos con los restos de la ermita de San Juan Bautista, de estilo románico, que tiene una pared parcialmente hundida, pero sin llegar a caerse (un verdadero desafío a la ley de la gravedad). Seguimos por la senda y el suelo pasa de ser de tierra a ser una antigua calzada romana con las piedras medio sueltas, de un gran valor artístico pero también de una gran facilidad para torcerse un tobillo. La senda desemboca nuevamente en la pequeña carretera de asfalto, a tan sólo unos cientos de metros de la entrada al primer pueblo de esta etapa: Ruesta. Estamos entrando en un pueblo fantasma. Todas las casas están medio en ruinas.
Entrando en Ruesta, mi estómago cobra vida y empieza a hablarme... "Oye, Carlos, estoy desde las 07:30 con dos magdalenas, dos chocolatinas y medio litro de zumo, además de un poquito de agua, y has caminado diez kilómetros y medio a lo largo de esta mañana. ¿Estás en huelga de hambre o qué te pasa?. O me das un poco de carburante o empiezo a almorzarme al esófago". El tono que utilizó mi estómago no era precisamente de broma, y cuando se cabrea, me llena de gases y me tiene un buen rato dando conciertos con música de viento en dos modalidades: vía superior y vía inferior. Estos últimos tienen la característica de que aparte del sonido, van acompañados de una impregnación aromosa que al contacto con las pituitarias de los demás producen una sensación de rechazo social realmente desoladora. Todos sabemos qué es lo que pasa cuando a un niño se le escapa un globo inflado de las manos sin haber llegado a hacerle el nudo, y me imagino a mí con mis 137 kilogramos haciendo por el aire la misma trayectoria sin rumbo que ese globo hasta que se termina de desinflar. ¿Eso es vuelo sin motor?. Además, por otro lado, mi estómago me conoce muy poco, porque...¡mira que pensar que estaba haciendo yo una huelga de hambre! ¿Estamos tontos, o qué?. Entre los gases y los ronquidos, creo que me estoy convirtiendo en una máquina de hacer ruiditos.
Si quiero felicidad en mi vida, hay dos sujetos a los cuales tengo que procurar tener contentos: a mi novia y a mi estómago. De momento, por el primer sujeto poco podía hacer en estos momentos, porque unos cuantos kilómetros nos separaban (aunque el teléfono móvil hace verdaderas maravillas), pero al segundo tenía que complacerle ya.
Salimos de Ruesta por una senda cuesta abajo, y tras cruzar un riachuelo y pasar por el camping, comenzamos una subida realmente impresionante: la subida a Peña Museras. Debíamos superar un desnivel de 400 metros, y no cuesta abajo precisamente. Al poco de ascender, se acaba la senda y cogemos una pista de tierra.
Seguimos por la pista de tierra camino de Undués de Lerda, y tras descender por unas calzadas romanas y cruzar otro riachuelo, iniciamos una breve subida para llegar a Undués, pueblo que en invierno tiene una población de 14 habitantes. Ya habíamos recorrido 22 kilómetros y mi querido estómago se empezaba a despertar otra vez. Esta vez no hubieron palabras, simplemente me guiñó un ojo y yo le entendí a la perfección (creo que lo del picante dió resultado). En el único bar y albergue de la población nos detuvimos para comer y descansar un poco. El comedor tenía una chimenea que se utilizaba en invierno, y varios juegos de mesa para los peregrinos y para los habitantes de allí. Éste era el único establecimiento de todo el pueblo, pequeño pero muy acogedor. También nos sellaron la credencial.
A partir de aquí, todo era ligeramente cuesta abajo y después llano (¡bien!), y el paisaje seguía siendo de estepa aragonesa y navarra, ya que nos aproximábamos a la provincia de Navarra.
Tras una hora y diez minutos de excelente pista de tierra, unas flechas amarillas (como todas las del camino) nos indican que debemos girar a la izquierda y seguir por otro camino de tierra "de menos categoría", con pequeñas granjas a ambos lados.
Al llegar al albergue, comprobamos que Frank y Silvette (el matrimonio francés de Artieda) habían llegado en coche, y Maribel también se encontraba allí. Nunca supimos nada más sobre los dos alemanes de Artieda (aunque creo recordar que se fueron a Tiermas).
En un bar cercano dimos buena cuenta de sendos bocadilos de lomo con pimientos y otro de chistorra, regados con tres sabrosas, refrescantes y burbujeantes latas de Pepsi Cola. Nos agenciamos un brick de litro de leche para el desayuno del día siguiente y nos fuimos al albergue.
En la calle todo son voces, petardos y cachondeo. Las fiestas son las fiestas, y pretender callar a un pueblo porque han llegado Carlitos y su hermanito de patear 33 kilómetros, es como pretender que te toque la quiniela comprando lotería nacional, o sea, ni de coña. Otra buena ducha y algo de noticias en la radio, aunque fueron pocas las noticias que llegué a escuchar, creo que dos o tres...
Sangüesa - Monreal
Son las 06:00 y suena el primero de los seis despertadores que pongo todos los días en mi reloj especial para peregrinos de sueño profundo. Me despierto con la conciencia tranquila porque sé que esta noche no he molestado a nadie con mis susurrantes y embriagadores ronquidos, aunque observo que el Cristo que hay en el crucifijo del comedor me está mirando con cara de mala leche. Tan sólo se me ocurre decirle una cosa... " Señor, perdóname porque tú sabes que no puedo evitarlo. Además, después de todo lo que has pasado hace casi 2000 años, ¿que son para ti unos ronquiditos de nada?". Me froto los ojos y vuelvo a mirarlo: permanece quieto en su postura de siempre, con cara de sufrimiento y la mirada perdida en el infinito esperando el final. ¡Pero si hace unos segundos me estaba mirando con cara de pocos amigos! ¿Estaré loco? La cuestión es que poco a poco se van levantando el resto de peregrinos, y para ir al baño tienen que bajar al piso en el cual me encuentro yo. Curiosamente, todos me dan los buenos días con una gran sonrisa de agradecimiento, como si me dijeran... "Gracias por bajarte a dormir al comedor, porque esta noche hemos dormido de un tirón". Por cierto, ¿os habeis fijado en las caritas de Gremlings que tenemos cuando nos despertamos?
Cuando baja Frank, le pregunto en francés por su tendinitis y me contesta que todavía tiene dolor, que hoy también hará la etapa en coche, hasta llegar a Monreal, para ver si se recupera y la siguiente la puede hacer caminando. Baja Silvette, baja el aleman de los 50 años y la pareja de alemanes de unos 25 que fueron los últimos en llegar. Por último, también baja Maribel, a la que bien podríamos llamar "la correcaminos de Iruña", porque a pesar de sus cuarenta y pocos años, la mujer no es que camine rápido, es que vuela bajo.
Tras depositar el donativo en su cajita y comprobar que la credencial había sido sellada ayer, nos disponemos a recorrer los 30 kilómetros que forman esta etapa por tierras navarras. Por cierto, ¿por qué se llama Camino Aragonés cuando casi la mitad trascurre por Navarra? Si yo fuera navarro, la verdad es que no estaría muy de acuerdo. Es más, soy aragonés y creo que no es correcto dar a un camino el nombre de una región cuando éste transcurre por dos. Seguro que nuestro buen amigo Michel de Pamplona estará de acuerdo conmigo, aunque os prometo que yo no he tenido nada que ver con la denominación del Camino Aragonés. Creo que sería más apropiado llamarlo el Camino de los Pirineos.
Salimos de Sangüesa por la carretera que lleva a Pamplona y observamos que al poco tiempo aparece a nuestra izquierda la variante para llegar hasta el Alto de Loiti por Rocaforte, pero esta variante es para los Rambos y demás personal de buena preparación física, personal entre los cuales os aseguro que no me cuento. Seguimos por la carretera de asfalto y poco antes de llegar a Liédena cogemos una pista de tierra que sale a mano derecha tras cruzar la carretera. Tan sólo unos pocos de cientos de metros y ya llegamos a Liédena.
Poco a poco nos acercamos a uno de los paisajes más bellos e impresionantes que se pueden disfrutar en este Camino Aragonés: la Foz de Lumbier. Es una especie de cañón delimitado por dos túneles por los cuales hace tiempo circuló el tren que unía Pamplona con Sangüesa. Ahora las vías no están y queda una pista de tierra que entra en un túnel oscuro y que al atravesarlo, nos lleva hasta un paisaje totalmente diferente producido por el encajonamiento del río Irati. Una vez llegados al segundo túnel, al salir de él el paisaje vuelve a cambiar y nuevamente estamos en campo abierto, pero la pista de tierra se torna en una estrecha carretera de asfalto que nos ha de llevar hasta Lumbier. Nada más salir del túnel nos encontramos una fuente y un gran merendero donde unos cuantos autobuses están aparcados, y sus ocupantes se disponen a hacer buen uso de las parrillas dispuestas a tal efecto.
Tras refrescarnos en la fuente y sufrir con los buenos olores provenientes de las parrillas, seguimos camino de Lumbier. Llegados a Lumbier, aprovechamos para subir al pueblo y dejarnos caer por el bar Torres, en la misma plaza del pueblo, para echar la quiniela, la primitiva, y ya puestos a echar, para echarnos tres latas de refresco y varias tapitas del lugar en forma de minibocatas variados. También hicimos una visita a la farmacia para reponer nuestras existencias de Compeed (compañero inseparable de camino). Nuestra última visita fue a una tienda de ultramarinos donde compramos un par de bricks de leche entera (de la que engorda) de litro bien fresquita, la cual se asentó en nuestros llenos estómagos haciendo una mezcla láctea junto con la Coca Cola y los bocatas, y dicha mezcla, por rara que parezca, fue realmente espectacular para dar vida a nuestra piernas.
Continuamos nuestro camino bajo un sol descarado empeñado en ponernos morenos, primero por asfalto y luego por tierra; el valle se va estrechando como advirtiéndonos de la proximidad del Alto de Loiti. Entramos en Nardués y nos refrescamos en su fuente, repostamos la cantimplora y proseguimos el camino, para llegar al asfalto que nos llevará hasta Aldunate.
Os recomiendo que en Aldunate, si vais con pantalones cortos, os pongais unos pantalones largos, ya que a partir de aquí empieza la subida al alto de Loiti por una senda llena de zarzas que harán de vuestras pantorrillas un auténtico mapa de arañazos. Hago esta recomendación porque al llegar al final del Alto de Loiti, al mirarme las piernas parecía que había hecho un curso de domador de leones cabreados y sin látigo. Ya lo sabes, Rebeca, en Aldunate ponte unos pantalones largos.
Al llegar al Alto de Loiti, nos sentamos en un banco de piedra cerca de la carretera a reponer un poco de energías con nuestras ya escasas reservas sólidas, pero suficientes como para llegar vivos hasta Izco.
Salimos de Izco camino de Monreal, el sol se estaba poniendo y no queríamos que la noche nos sorprendiera, así que aceleramos un poquito el paso, llegando en poco tiempo a Abinzano, para más tarde pasar por Salinas de Ibargoiti y enfilar el final de etapa con dirección a Monreal. Nada especial que reseñar en estos tramos.
Al llegar a Monreal, preguntamos en el Hostal Unzué por el albergue, porque aunque en la guía dice que no hay albergue, os aseguro que sí lo hay, y es más, están haciendo un albergue nuevo que abrirá sus puertas en abril de 2001. La hospitalera de este albergue (y del nuevo) se llama Charo (el teléfono del albergue es el 948 362 081), es muy amable, además de que cocina de maravilla, como para chuparse los dedos de las manos.... y de los pies. En el albergue nos encontramos a Frank, a su esposa Silvette, y al alemán de unos 50 años que conocimos en Sangüesa. Éramos cinco a dormir. El albergue es un antiguo cine habilitado como dormitorio para peregrinos, con un restaurante en su primera planta que pertenece a un local social que se llama "El Centro".
El menú de la cena consistía en unos cardos con una salsa que estaban para morirse de buenos (y eso que la verdura no me suele gustar mucho), de segundo había medio pollo asado (pollo de corral, tierno donde los haya) con pimientos rojos y patatas fritas, y mis tres latas de refresco reglamentarias, rematando la cena con una exquisita tarta helada. Todo ello por 1200 pesetas mas 500 de dormir. Una auténtica maravilla.
Monreal - Puente la Reina
Es el último día que escucho el despertador a las 06:00. Me alegro por una parte porque madrugar no figura entre mis aficiones preferidas, pero por otro lado me entristece porque sé que mañana despertaré en mi cama, y no será en un albergue, no estaré ya en el camino, todo habrá terminado.
Despierto a mi hermano, y al poco tiempo se despiertan Frank y Silvette. Le pregunto a Frank por su tendinitis y me contesta que hoy sí podrá caminar, aunque para ellos también es la última etapa, ya que se quedan en Tiebas.
La mañana estaba despejada, aunque muy fresca, como invitando a terminar de despertarse. Caminamos muy cerca de la montaña, tan cerca que enseguida nos vemos sobre la ladera camino de Yarnoz, al cual seguirían pequeñas poblaciones como Otano, Ezperun, Guerendiain, y ya dejamos la ladera para llegar a Tiebas. A lo lejos, a la derecha, se ve Pamplona, aunque no pasaremos por ella.
Continuamos nuestro camino, dejamos Tiebas y bajamos hasta cruzar la carretera y la autopista que lleva de Pamplona a Zaragoza. Llegamos a Campanas y también cruzamos la vía del tren. Comienza la cuesta arriba a través de una pequeña carretera de asfalto y después por tierra, que serpenteando va en busca de la cima, no sin antes pasar por una granja de cerdos que despedía unos hedores que nada tenían que ver con el anuncio de Heno de Pravia.
El sol comenzaba a apretar y poco a poco nos íbamos acercando a Ucar, una bella población con casas muy nuevas pero fabricadas al viejo estilo, de piedra, muy rústicas. Nada más llegar a Ucar hay un pequeño parquecillo con césped, sombras y dos fuentes que se agradecen enormemente. Allí nos refrescamos y permanecimos tumbados durante 20 minutos disfrutando de las sombras que nos proyectaban los árboles. Sendas y simultáneas llamadas a nuestras chicas para darles la "mala noticia" de que seguimos vivitos y coleando y, lo mejor de lo mejor, el césped tenía un leve punto de humedad y frescor que más bien invitaba a quedarse durante un par de horas para echar una buena siesta. Por cierto, hay que tener cuidado en Ucar, porque si le pierdes el rastro a las flechas, sales por donde no es. Hay que estar muy atento y salir por el oeste, ya que estuvimos a punto de meter la pata y salir por el norte.
Salimos de Ucar camino de Enériz, y allí tenemos previsto hacer una comida fuerte (¡qué raro!). El paisaje se empieza a cubrir con un tímido manto verde y comenzamos a descender por una fabulosa pista de tierra.
Después de esta fantástica comida, nos despedimos de todo el grupo muy agradecidos, ya que nos faltaban palabras para expresar lo a gusto y lo bien que nos habíamos encontrado con ellos.
Continuamos nuestro camino por una pista de tierra que discurría a la izquierda de la carretera que llevaba a Puente la Reina, y paralela a ésta. Poco a poco, nos aproximamos a una de las construcciones más espectaculares de todo el Camino Aragonés: la Ermita de Nuestra Señora de Eunate. Si quieres información sobre esta bella ermita, visita la página www.ctv.es/USERS/sagastibelza/navarra/eunate/eunate.htm para que puedas disfrutar de ella. Sencillamente fabulosa. A su lado se encuentra la casa del ermitaño y una fuente de agua fresca.
Una vez remojados seguimos por nuestro camino de tierra, y al momento cruzamos la carretera que iba por nuestra derecha para dejarla a nuestra izquierda. Rodeados de cepas y vides por todos los lados nos aproximamos a una estrecha carretera de asfalto que en una empinada cuesta arriba nos lleva hasta la entrada a Obanos. Es en esta población donde realmente se juntan el Camino Aragonés y el Camino Francés. Como dice nuestra guía, los caminos se hacen uno.
Salimos de Obanos e iniciamos el descenso hacia Puente la Reina. Nuevamente cruzamos la carretera, y esta vez sería la última. La pista de tierra se transforma en una senda que discurre entre las huertas que hay en la misma entrada de Puente la Reina, y al poco tiempo llegamos a un hotel que hay nada más entrar a esta población. Eran las 19:15.
En cuanto a caminar, nuestra aventura había llegado a su fin, aunque quedaba el regreso a casa. Por teléfono ya nos habíamos informado de que los domingos no había autobuses para ir a Pamplona, pero desde Tiebas me puse en contacto con el único taxista que hay en Puente la Reina para advertirle que llegaríamos sobre las 19:30 de la tarde para que nos llevara hasta Pamplona, ya que el último autobús para Zaragoza salía a las 20:30. El taxista nos dijo que no había problema, que le llamáramos cuando llegáramos. Y así lo hicimos. En menos de cinco minutos vino a recogernos al parking del hotel y en un momento nos llevó a la estación de autobuses de Pamplona. Sacamos los billetes y nos dimos el último homenaje gastronómico en el bar de la estación de autobuses.
Hasta aquí, la historia de nuestra pequeña aventura por el Camino Aragonés. Es el primero que hago de todos los Caminos de Santiago, y si todo me sale bien, el año que viene ya sabeis todos que con mi novia haré otros dos, el Camino Francés y el Camino de Finisterre, con boda incluida vestidos de peregrino al final.
Nunca había pasado por una experiencia de este tipo, y os aseguro que no hay palabras para describirla. Los que ya hayais hecho alguno de los caminos, seguro que me comprendeis. Los que no hayais hecho ninguno todavía, pensareis que estoy exagerando, y os entiendo: era lo mismo que pensaba yo hasta hace poco. Para terminar, quisiera agradecer al Meteosat el buen tiempo que nos acompañó durante todo el camino.
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