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Urkiola - Urkiolagirre - Anboto - Larrano - Urkiola
10-05-2016
(mapa)
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Había estado una vez en Anboto y me había quedado mal recuerdo.
Fue hace más de diez años, una tarde de finales de noviembre. En la parte de arriba había niebla cerrada y hacía como que nevaba (unos copos pequeños, duros y dispersos). Lo único decente fue que tuve suerte y encontré el buzón.
Apliqué eso tan original de "una y no más" y el no menos oportuno "aquí no vuelvo", y así se quedó la cosa.

De no haberse tratado de un monte tan famoso y emblemático, probablemente no hubiera pensado en volver, pero Anboto es Anboto, aquella otra vez no me había enterado de nada y acabé por añadir a las decisiones tomadas aquel día un hábil "... en estas condiciones".
Además, supe por esta página de la existencia de un camino de ascenso distinto del habitual y que presenta varios alicientes.

En Urkiola había bastantes coches, tal vez atraídos por el viento sur.

Urkiola, santuario de San Antonio
Urkiola, santuario de San Antonio (32kb)

Urkiolagirre arriba, Urkiolagirre abajo, en el collado de Asuntza andaba gente; estaban los que bajaban por la pista, pero también un grupo que se dirigía hacia aún no sabía dónde.

De Urkiola a Urkiolagirre
De Urkiola a Urkiolagirre (54kb)
De Urkiola a Urkiolagirre, Alluitz y camino de Atxarte
De Urkiola a Urkiolagirre, Alluitz y camino de Atxarte (26kb)
Anboto desde Urkiolagirre
Anboto desde Urkiolagirre (22kb)
De Urkiolagirre a Asuntza, yeguas
De Urkiolagirre a Asuntza, yeguas (22kb)

Por de pronto, me dirigí a la fuente de Pol-Pol, que no vi la otra vez. Qué forma de manar agua.

Collado de Asuntza, fuente de Pol-Pol
Collado de Asuntza, fuente de Pol-Pol (39kb)

De allí continué por un senderillo paralelo a la pista, con parada para ver qué ponía en un panel. Hablaba de esfagnales y manantíos...

Los esfagnales son comunidades vegetales que se desarrollan en lugares manantíos y depresiones del terreno en regiones de clima muy lluvioso. Son, además, la vegetación típica de las turberas.
Junto a las plantas insectívoras, los vegetales más característicos de estos ambientes húmedos son los musgos, en especial los esfagnos, auténticas esponjas vivientes. Ellos son responsables del encharcamiento permanente del suelo, porque son capaces de retener una cantidad de agua equivalente a veinte veces su propio peso en seco. Así, los esfagnales se comportan como pequeños embalses naturales, cumpliendo una función ecológica fundamental, la regulación hídrica.
Los esfagnales son frecuentes en el Parque Natural de Urkiola, sin embargo, la mayoría están muy deteriorados por el pisoteo del ganado. Con el objetivo de garantizar su conservación, algunos esfagnales se han vallado, al tiempo que un equipo científico estudia su evolución.

Pues nada, larga vida a los esfagnales.

De la fuente de Pol-Pol a Pagozelai
De la fuente de Pol-Pol a Pagozelai (52kb)

Pasó uno al trote que dio media vuelta en Pagozelai, collado desde el que hay que bajar más de lo que yo creía hasta una pista, aunque, eso sí, por un camino bonito.
Nada más llegar a la pista, paré para quitarme el chándal y aprovecharon para hacer su aparición tres ciclistas en BTT y un corredor. Más tarde, pasó otro betetero a bastante velocidad.

Anboto desde el collado de Pagozelai
Anboto desde el collado de Pagozelai (34kb)
Del collado de Pagozelai al de Zabalandi
Del collado de Pagozelai al de Zabalandi (28kb)

La pista también bajaba, y también lo hacía más de lo previsto. A cambio, el hayedo estaba que daba gusto verlo.

Del collado de Pagozelai al de Zabalandi
Del collado de Pagozelai al de Zabalandi (57kb)

No me fijé dónde está la fuente de Zabalandi.
En el collado homónimo pensaba que iba a ponerme a levitar, y todo por crearme más expectativas de la cuenta con lo que decían los apuntes (... de belleza paradisíaca y formidable estampa). Me quedé a medias.

Anboto desde el collado de Zabalandi
Anboto desde el collado de Zabalandi (27kb)
Ipizte desde el collado de Zabalandi
Ipizte desde el collado de Zabalandi (20kb)

Me había mentalizado a base de bien para tomarme la ascensión con calma y en ese plan empecé. Cairn tras cairn, el senderillo se dejaba subir.

Subiendo Anboto
Subiendo Anboto (50kb)
Subiendo Anboto
Subiendo Anboto (40kb)

Pasó uno cuesta abajo.
En un momento dado, dejé de ver cairns. Como el lugar no es de los que se prestan a la aventura, me puse a buscar el siguiente con calma. No apareció.
Fui por un lado, fui por el otro, y el cairn que seguía escondido.
Otro montañero bajando, pero algo lejos como para darle una voz; al menos, ya vi por dónde venía, más o menos, por lo que pensé que por allí encontraría el montoncito de piedras de turno. Pues no, no di con él. Igual se les acabaron las piedras cuando los pusieron...
Al ir a investigar por la derecha y asomarme al borde de la montaña, me pareció que allá, a la vuelta, en la pared y a cierta distancia, había una cavidad que bien podía ser la famosa cueva de Mari. Si de ella se trataba, me dio la impresión de que no era muy complicado llegar a ella.
Tras semejante alarde de ignorancia e ingenuidad volví por enésima vez al último cairn localizado, en realidad dos, pues había uno a cada lado del sendero.

Subiendo Anboto, buscando el camino
Subiendo Anboto, buscando el camino (37kb)

El contexto seguía sin invitar a la improvisación y me propuse no moverme de aquella zona mientras no tuviera claro por dónde tenía que seguir.

Udalatx desde la subida a Anboto
Udalatx desde la subida a Anboto (28kb)

El tiempo fue pasando, pero me mantuve en mis trece.
El tiempo siguió avanzando y aquello ya no podía ser, no iba a quedarme allí esperando a los lobos.

Elegí el lado izquierdo, puse los bastones a la espalda y empecé a trepar.
Habría preferido no tener que andar así, pero no me fue mal. El pedregal de la zona intermedia había dejado paso a unas piedras de mayor tamaño en el último tercio de la montaña y el material calizo ayuda mucho. Además, al trepar se gana altura rápidamente (que no es lo mismo que subir rápido, pues no era el caso).

Al poco, divisé a un cuarteto mixto (ellos iban por delante, reconociendo el terreno) que bajaba, ayudándose también de las manos. No me dieron ganas de cambiarme por ellos, prefería seguir trepando a bajar por semejante pendiente.

Subiendo Anboto, montañeros bajando
Subiendo Anboto, montañeros bajando (26kb)
Subiendo Anboto, Ipizte y montañeros bajando
Subiendo Anboto, Ipizte y montañeros bajando (33kb)

Fui orientando mis "pasos" hacia donde les había visto y el terreno se fue haciendo más asequible.
Algo más arriba, una oquedad y, cerca, el ojo natural de Bentaneta. Qué sorpresa, lo había dado ya por ilocalizable después de haber andado ese rato descarriado.

Subiendo Anboto, Bentaneta
Subiendo Anboto, Bentaneta (37kb)

Otro poco y enfilé la arista.

Subiendo Anboto, llegando a la arista
Subiendo Anboto, llegando a la arista (42kb)
Anboto, el buzón desde la arista
Anboto, el buzón desde la arista (23kb)

Contrariamente a lo que creía recordar y lo que había leído, la cima me pareció casi hasta espaciosa.
Las vistas, magníficas, en particular las del valle de Atxondo, bonito donde los haya.
En el buzón, una pegatina reivindicando la vida de un barrio de Vitoria-Gasteiz -el de Errekaleor- próximo a desaparecer.

Anboto, cima
Anboto, cima (24kb)
Alluitz desde Anboto
Alluitz desde Anboto (26kb)
Anboto, buzón y embalse de Urrunaga
Anboto, buzón y embalse de Urrunaga (16kb)
Anboto, vistas
Anboto, vistas (23kb)
Anboto, buzón
Anboto, buzón (20kb)

Lo habría pasado aún mejor de lo que lo pasé durante ese rato de no tener esperando la bajada.

Si ya me había mentalizado convenientemente para la subida, otro tanto había hecho -en mayor medida, si cabe- para el descenso.
Bajé pisando uvas.

Anboto, de la cima al collado de Agindi
Anboto, de la cima al collado de Agindi (31kb)

Vi que subían dos chicos y esperé a que pasaran. Qué soltura, qué envidia.

En la zona de losas pulidas, abrillantadas por las pisadas de tanto mendizale, hubo tramos que los pasé a cuatro patas (y apoyando el trasero).
Puede que no resbalaran, pero no tenía ganas de comprobarlo.

A partir del collado de Agindi me tranquilicé un tanto, aunque seguí en el mismo plan de avance.

Anboto, de Agindi a Pagozelai
Anboto, de Agindi a Pagozelai (45kb)
Anboto, de Agindi a Pagozelai
Anboto, de Agindi a Pagozelai (58kb)

Di por hecho que los dos chicos con los que me acababa de cruzar me adelantarían pronto, pero no aparecieron. O se entretuvieron jugando al mus o echando una siesta (o haciendo ambas cosas), o igual es que bajaron a Zabalandi.

Es que uno se puede esperar cualquier cosa de los vizcaínos (doy por hecho que los dos mozos lo eran).
De hecho, las piedras de la subida normal a Anboto no estarían tan pulidas ni desgastadas de no ser por la costumbre de esta gente de subir al monte a grandes zancadas. Si fueran un poco más refinados no pasaría eso, pero a ellos les pueden sus orígenes, la historia del Señorío, la afición por el Athletic y una porción de cosas más, y no saben subir montes de otra manera, y eso no hay piedra que lo resista.

Ya que viene a cuento, reproduzco un fragmento de la novela "La ruta del aventurero", una de las que forman las "Memorias de un hombre de acción", de Baroja, gran conocedor (se deduce) de los vizcaínos.

(ya sé que no viene al caso, pero me da igual)

El santero

El saludador de aspecto judaico pensaba ir hasta Ágreda y fui con él en el carro de un ordinario.
En Cintruénigo se nos reunieron un santero y un muchacho vizcaíno que iba a Madrid a buscar una conveniensia, como decía él.
El santero era un hombre flaco y denegrido, con los ojos muy brillantes y el pelo rizado. Parecía un cuervo; llevaba una sotana raída, unas polainas y un sombrero ancho colocado encima de un pañuelo negro que le apretaba la cabeza.
El vizcaíno era alto, estrecho, de nariz larga y gruesa, ojos abultados y expresión parada. Se llamaba Belausteguigoitia, y tenía un segundo apellido más largo que éste.
Belausteguigoitia creía que los Belausteguigoitias eran la flor de su pueblo en Vizcaya; que Vizcaya era la flor de España, y España la flor del mundo. Los Belausteguigoitias eran las delicias del género humano, y se podía considerar como un verdadero honor el que este exquisito molde de los Belausteguigoitias siguiera produciendo más Belausteguigoitias y esparciéndolos por el mundo, para ejemplo de los demás y gloria suya.
La sociedad entera debía estar interesada en el acrecentamiento y en la propagación de los Belausteguigoitias y de sus narices.
Este vizcaíno habló de las grandezas de su pueblo y de su familia de una manera tan exagerada, que provocó la réplica irónica del saludador, quien le dijo que no comprendía cómo estando tan bien en su casa podía dirigirse a Madrid, a pie, en busca de una conveniensia.
El vizcaíno dijo orgullosamente que el saludador era un ignorante y un plebeyo, y el saludador le contestó que había conocido mucha gente fantasmona y vanidosa entre los vizcaínos; pero que nunca había encontrado uno tan vanidoso y tan fantasmón como él.
Belausteguigoitia se dio por ofendido y no nos dirigió la palabra.

Pacientemente, bajé y bajé, y pacientemente sorteé una dificultad en forma de grandes piedras verticales. Tras pasarlas, me giré para ver qué aspecto tenía aquello por ese lado y descubrí junto a una de las piedras un chándal.
El mío.
Lo llevaba sujeto a una correa delgada en lugar de al cinturón (como suelo hacer habitualmente) y los movimientos para sortear una altura desde una de las piedras habían hecho que se soltara.
Habría quedado divertido, como una simpática anécdota, que no me hubiera dado cuenta hasta llegar al coche, pues en un bolsillo de ese chándal (contrariamente también a lo que suelo hacer) iban la llave del coche y las de casa.

Anboto, de Agindi a Pagozelai
Anboto, de Agindi a Pagozelai (46kb)

Fin de los agobios con la pendiente pedregosa al llegar al collado de Pagozelai.

Anboto, de Agindi a Pagozelai
Anboto, de Agindi a Pagozelai (46kb)

Bajé por la pista a Asuntza y miré a ver qué pone en el poste indicador junto al sendero por el que había visto a un grupo a la ida. Una especie de oferta 2 por 1: el monte Larrano y la ermita de Santa Bárbara a 700m.
No tenía prisa y fui a ver cómo es aquello. De paso, daba tiempo a que unos nubarrones tomaran posiciones.

Urkiolagirre y collado de Asuntza
Urkiolagirre y collado de Asuntza (22kb)
Llegando a Larrano
Llegando a Larrano (20kb)

Desde Larrano traté de identificar el mirador del calvario de Urkiola, pero o no se ve desde allí o no lo distinguí.
También desde Larrano, vi dónde está la ermita, pues al llegar pensé que se trataba de una especie de refugio que hay al pie de la cima (y distinto del refugio propiamente dicho).

Valle de Atxondo desde Larrano
Valle de Atxondo desde Larrano (26kb)
Alluitz desde Larrano
Alluitz desde Larrano (24kb)
Urkiola desde Larrano
Urkiola desde Larrano (24kb)
Ermita de Santa Bárbara
Ermita de Santa Bárbara (30kb)

Vuelta a Asuntza, donde llamaba la atención a distancia el brillo de los tres caños de la fuente de Pol-Pol.
Al final, los nubarrones demostraron ser unos flojos. Mucho amagar y no soltaron ni una gota; de hecho, volvió a salir el sol (que siguió quemándome la calva).

Pensé en volver a Urkiola por la pista, para variar un poco, pero acabé haciéndolo por Urkiolagirre. Arriba soplaba un viento bastante fuerte.

De Asuntza a Urkiolagirre, yeguas
De Asuntza a Urkiolagirre, yeguas (20kb)
De Asuntza a Urkiolagirre, vistas
De Asuntza a Urkiolagirre, vistas (25kb)
Urkiolagirre, yeguas
Urkiolagirre, yeguas (25kb)

Al poco de empezar a bajar hacia el santuario, pasó algo extraño. Primero, me crucé con un individuo con las típicas pintas del que llega a Urkiola por primera vez y se le ocurre dar un paseo por los alrededores. Lo que no pegaba eran los folios que llevaba en una mano.
A poca distancia tras él, subía una pareja. El hombre, con aspecto y acento suramericano, me preguntó si los animales pastan libres de forma habitual en esa zona.
Al poco, tras despedirnos, vi que un grupo de vacas se había concentrado en un espacio relativamente pequeño y que parecían mostrarse agresivas con el trío de paseantes. De hecho, una se movía mucho y dio algo así como un par de saltos.
A no mucha distancia, otras vacas se quedaron mirando hacia donde estaban las demás y empezaron a caminar hacia ellas a buen paso.
No sé si el trío había hecho algo raro (como, por poner un ejemplo, intentar acariciar a unos terneros) o qué, pero aquello no fue normal.

Urkiolagirre, vacas
Urkiolagirre, vacas (22kb)
De Urkiolagirre a Urkiola
De Urkiolagirre a Urkiola (23kb)

Entré un momento en el santuario. Las calas que adornaban el entorno del altar eran naturales.

Urkiola, interior del santuario de San Antonio
Urkiola, interior del santuario de San Antonio (24kb)

Ya con el coche y fuera de programa, se me ocurrió desviarme un momento a la altura de Otxandio para ir a Oleta. Compré medio queso y saludé a Maider Unda, que estaba trabajando en la huerta.
Había vuelto la antevíspera de Estambul, donde el sábado se había disputado el tercer (y último) torneo preolímpico de lucha libre clasificatorio para los Juegos de Río. Maider quedó eliminada sin conseguir su objetivo.
Terminado el sueño de ser olímpica por tercera vez (se dice pronto), en Oleta la vida sigue y una deportista de élite tiene que aplicarse al trabajo en la huerta, a la elaboración de queso de oveja...

Hay quien se pone medallas por cualquier cosa (como por haber subido Anboto, que la gente es así).
Probablemente tiene más mérito subirse a un podio olímpico a que te pongan una medalla de bronce conseguida en un deporte que en tu país practican cuatro gatos mal contados.

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