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11-06-2014
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Allá por los años 90 tuve noticia de la existencia del Museo Vasco de Alfarería, ubicado en un lugar, Ollerías, cuyo nombre deja bien claro cuál fue la actividad tradicional en el lugar.
Como me quedaba cerca, ya iría cualquier día...
Y así pasaron veinte años.
Tampoco es que los medios de comunicación pongan mucho empeño en recordar (cuando no dar a conocer) a los alaveses y a los turistas que apenas a 20 km de Vitoria-Gasteiz hay lo que hay.

Por Etxabarri-Ibiña, Gopegi, Murua (donde un descerebrado con su todoterreno me pasó casi rozando) y San Pedro de Gorostiza me fui aproximando por carreteras comarcales a la N-240, junto a la que se encuentra el museo, que imaginaba tranquilo, solitario, olvidado del mundo.

Entre Etxabarri-Ibiña y Berrikano
Entre Etxabarri-Ibiña y Berrikano (16kb)
Zestafe, ermita de San Pedro de Gorostiza
Zestafe, ermita de San Pedro de Gorostiza (31kb)
Entre San Pedro de Gorostiza y Ollerías
Entre San Pedro de Gorostiza y Ollerías (21kb)
Llegando a Ollerías, vacas y pantano
Llegando a Ollerías, vacas y pantano (17kb)

Por de pronto, a la entrada había dos autobuses. Del edificio estaba saliendo una tropa de chavalillos que habían terminado su visita.
Según dejé la bicicleta, un hombre me acompañó al interior y me hizo pasar a una estancia en la que un grupo de adultos seguía las explicaciones que estaba dando una mujer.

No sabía muy bien qué pensar, pues mi idea era la de dar una vuelta por el interior, viendo lo que hubiera, sin mayores pretensiones. Es lo que tiene valorar algo que no se conoce en función de lo que se ha oído hablar de ello.

Al poco, las explicaciones (que una mujer traducía al inglés) terminaron, el grupo pasó a una zona dedicada a tienda y el hombre me acompañó al primer piso, en el que se ubica la zona expositiva propiamente dicha.
Me aclaró que habían atendido como buenamente habían podido a los 70 escolares y que el grupo de adultos provenía de Estados Unidos...

En el sitio web del museo y en este vídeo de menos de 3 minutos (y que sitúa a Ollerías en Castellón) se ofrecen diversos datos acerca de la historia del edificio, de 300 años de antigüedad, y del contenido del museo.

Hace mil años ya se elaboraba cerámica en ese lugar.
Hubo alrededor de un centenar de alfarerías en el País Vasco (incluyendo Iparralde y Navarra), que desaparecieron en cinco o seis décadas al empezar a utilizarse otros materiales, como el cristal o el metal, para la fabricación de recipientes.
El dueño de la de Ollerías montó una vaquería, pero siguió elaborando cerámica, aunque ya no en plan comercial.
La actual directora del museo, Blanca Gómez de Segura, fue a aprender de él los secretos del oficio. Fue para un año y estuvo diez...
Ella es el último reducto de la alfarería vasca. Puede haber gente que sepa manejarse con un torno, con el horno, etc., pero ella es la depositaria de un saber milenario.
Lo que hacen allí es cerámica tradicional, nada de ponerse a hacer cosas raras.
Los colores utilizados en la cerámica vasca son el verde, el azul y el marrón. La decoración es escasa o inexistente. Es que las ollas, los platos o las jarras se hacían con una finalidad práctica, de uso doméstico, y no para colgarlas de una pared o ponerlas sobre un mueble como adorno.
Por eso mismo, tampoco abundan las firmas o inscripciones, salvo en objetos propiedad de una cofradía, por ejemplo, con la idea de prevenir robos.

Como piezas más características, señaló una jarra para el txakolí, más estrecha y alta que la destinada a contener vino (que contaba con una base más ancha, para darle estabilidad), lo que servía para distinguir el contenido de unas y de otras, a falta de transparencia del envase, y la conocida como pedarra, que se utilizaba para transportar agua sobre la cabeza.
Otra reseñable es una de tres asas, de paredes gruesas, pesada, que se empleaba para ordeñar ovejas.
Me hizo ilusión un comentario que me recordó algo que aprendí en la E.G.B. y que en aquel entonces me sorprendió mucho. Resulta que a la cerámica se le suele aplicar un esmalte con el fin de impermeabilizar el objeto en cuestión. Sin embargo, los botijos son una excepción, pues el esmaltado impediría la evaporación del agua a través de sus paredes, que es lo que da como resultado que el agua se conserve fresca en el interior.

Así como ahora predomina la cultura del usar y tirar, cuando en otros tiempos se rompía un objeto cerámico el lañero se ponía a la tarea de unir las partes con una especie de grapas o lañas.

Pegado al edificio del museo se encuentra el horno, el único de su tipo en todo el Cantábrico.
La tarea de introducir en su interior las piezas, unas siete u ocho mil, debidamente ordenadas, con las más grandes abajo, resultaba bastante laboriosa. Tiene tres aberturas, a distintas alturas, para facilitar el acceso, y cuatro orificios en la parte superior funcionaban como chimeneas.

Se necesitaban más de 900 grados para llevar a cabo la cocción. Para alimentar el fuego se empleaba argoma, que se recogía gratis (a fin de cuentas, se le hacía un favor al dueño del terreno), arde fácil, incluso estando verde, y produce bastante llama.
Cuando se creía que aquello estaba listo, se sacaba alguna pieza para ver qué color tenía.
El horneado era la oveja (la madre del cordero, que dicen otros). Ahí se la jugaban. Si fallaba se iba al traste el trabajo de dos o tres meses.

Si todo había salido bien, el producto se servía al valle de Arratia y de ahí en adelante.

Como ahora somos muy listos, muy avanzados y tenemos tanta tecnología, vemos algunos oficios como reliquias del pasado, y así es en cierto modo, pero si algún día nos quedamos sin energía eléctrica (toco madera) más vale que quede gente que sepa hacer las cosas como se hacían antaño.

De nuevo en el interior, unas fotos de la alfarera y de su aprendiz en acción. Por cierto, aprendiz con licenciatura en Bellas Artes y un máster en cerámica (o eso me pareció entender), que en un par de días ya había aprendido a hacer lo que estaba haciendo en aquel momento.
El caso es que Blanca, visto y no visto, convirtió un pegote de arcilla en un objeto reconocible.
Lo que es saber hacer las cosas.

Ollerías, Museo de Alfarería, Blanca Gómez de Segura y el aprendiz
Ollerías, Museo de Alfarería, Blanca Gómez de Segura y el aprendiz (40kb)
Ollerías, Museo de Alfarería
Ollerías, Museo de Alfarería (30kb)

Y así, después de mirar y de admirar, y después de hablar del túnel de San Adrián y de haikus (que de todo se puede hablar en semejante lugar), les di las gracias y volví a la carretera.

A ver si las cabezas pensantes de las instituciones se acuerdan, sin dejar de promocionar lugares o espacios como la Catedral Vieja (que sí) o la Rioja Alavesa (que también), de mencionar siquiera museos como este.

Reemprendí la marcha por la N-240 (poco tráfico en ese momento) hasta Ubide, pueblo que recibe al visitante con un edificio curioso. Una placa informa de qué se trata:

Casa de Aréchaga

Casa de principios del siglo XX.
Edificada por D. Santiago de Aréchaga desde 1910 a 1912.
El arquitecto Alfredo Acebal recibió el Premio Nacional de Arquitectura por este edificio.

Enfrente, un rincón de lo más pacífico con una fuente en la que cogí agua.

Ubide, fuente
Ubide, fuente (36kb)
Ubide, Casa de Aréchaga
Ubide, Casa de Aréchaga (35kb)

Diversos paneles hablan, entre otras cosas, del paso por el pueblo de Fernando el Católico en 1476 de camino a Gernika para jurar los Fueros de Bizkaia (Vizcaya en la época).

Ubide, inscripción en recuerdo del paso de Fernando el Católico
Ubide, inscripción en recuerdo del paso de Fernando el Católico (35kb)
Ubide, desde la iglesia
Ubide, desde la iglesia (35kb)

Lo de ir a Ubide era porque quería subir a Eniabe. No sé cuándo ni dónde vi la altimetría de esa ascensión. Creía que en un libro, pero no, no era en ese. En todo caso, recordaba que era corta, pero seria.
En altimetrias.net no consta todavía el gráfico, pero sí se informa de que son 2,4 km, con una media del 8,78% y una pendiente máxima del 18%.
La carretera está asfaltada y en buen estado. Me puse chulo y pretendí subir con el plato mediano.
Tras varios rampones iniciales, las cuestas se van alternando con algunos descansos. El último de estos precede a los últimos cientos de metros, los más duros. Estuve por bajarme del burro y poner el tercer plato, pero la visión de la antena que corona la subida, y que aparece justo entonces, me animó a aguantar. Además, ese final viene a ser como un pasillo bastante chulo entre abetos.
Arriba esperan amplias vistas y algunas yeguas.

Eniabe, antena
Eniabe, antena (18kb)
Eniabe, últimas rampas
Eniabe, últimas rampas (40kb)
Ubide, subida a Eniabe, zona de recreo
Ubide, subida a Eniabe, zona de recreo (54kb)

De nuevo en el pueblo, me metí por un sugerente sendero junto al río y acabé en un bonito lugar con juegos infantiles, junto al campo de fútbol.

Ubide, paseo junto al río
Ubide, paseo junto al río (58kb)
Ubide, campo de fútbol y juegos infantiles
Ubide, campo de fútbol y juegos infantiles (39kb)
Ubide
Ubide (30kb)
Ubide, paseo junto al río
Ubide, paseo junto al río (65kb)
Ubide, ayuntamiento y río
Ubide, ayuntamiento y río (36kb)

Vuelta a Ollerías y enseguida aparece el desvío a Elosu. Si no iba ese día, ¿cuándo?
Estaban asfaltando varios tramos de la carretera, pero a esa hora los operarios estaban descansando.
El pueblo parecía vacío, pero la llegada del autobús escolar, dejando a varios pitufos, le dio otro aire.

Elosu, hotel restaurante
Elosu, hotel restaurante (34kb)
Legutiano desde Elosu
Legutiano desde Elosu (37kb)

Otro poco de N-240 (que seguía pacificada) para llegar a Legutiano, pueblo que parece conservar muy pocos edificios antiguos.

Llegando a Legutiano
Llegando a Legutiano (25kb)
Legutiano, calle Goikuri
Legutiano, calle Goikuri (36kb)
Legutiano, portal
Legutiano, portal (45kb)

Cogí agua en un pequeño parque después de esperar a que saliera fresca, tal y como me aconsejó que hiciera un paseante que insistió hasta el punto de apretar él mismo el pulsador durante un rato. Dijo que esa agua no tiene cloro y que viene "de aquel monte".
Todavía seguía allí cuando apareció de la nada una chica.
Al poco, llegaron dos mujeres por el lado opuesto y fueron ellas las que desaparecieron por donde había surgido la chica. Me acerqué, todo intrigado, al lugar de autos, aunque ya supuse (así era) que no había más misterio que un paso subterráneo bajo la carretera.

Me despedí de la N-240 (se portó bien) para coger dirección a Landa.
Hacía rato que se había despejado y había empezado a hacer calor, bastante calor. Para no achicharrarme los brazos, no me quité los manguitos.

En Landa, me había fijado otras veces en un edificio con pinta de colegio. Pensaba que sería para gente bien. Tomé nota del nombre, "Uribarri", y así me enteré después de que ese centro da "acogida residencial a un total de 14 adolescentes que han tenido conflictos con la ley".

De Landa a Ullibarri-Ganboa
De Landa a Ullibarri-Ganboa (26kb)

Ullibarri-Ganboa tenía las calles levantadas por obras.

Por el bidegorri, me crucé con bastantes chicos (y alguna chica) que iban en dirección al pantano.

Llegando a Durana
Llegando a Durana (23kb)

Entre el calor, que ya me estaba amargando el final, y que me acordé de que esa semana terminaba una exposición de pájaros en el Ataria (Centro de Interpretación de los Humedales de Salburua), para allá me fui.
Aparte de las fotos en sí de los pajaritos, me gustaron los textos más o menos poéticos que las acompañaban.
Que tres de ellos sirvan de cierre a esta crónica.

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Debe preguntarse a los pájaros y a los niños cómo saben las cerezas y las fresas

(Goethe)

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No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias
o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero
al hecho de que amanezcan
con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible-
no les perdono,
bajo ningún pretexto,
que no sepan volar.

(extracto de "No se me importa un pito..." de Oliverio Girondo)

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Describo palabra por palabra
tú aceptas cada hecho
y te preguntas
¿qué quiere decir?

Cuartilla tras cuartilla de cielo
cielo salado
cielo de la lágrima plácida
impreso del otro cielo
horadado de estrellas.
Páginas puestas a secar.

Pájaros como letras alzan el vuelo
-Ea, alcemos el vuelo-
se ciernen en círculos y se posan sobre el agua
junto a la fortaleza de lo ilegible.


(Páginas, de John Berger)

Ataria, exposición de pájaros
Ataria, exposición de pájaros (33kb)
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