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Piedra de San Martín - Anie - Piedra de San Martín
13-07-2009
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Esta excursión tenía que hacerla ese día en concreto: 13 de julio. Es entonces cuando, tal y como se ha estado repitiendo desde 1375, se celebra en el puerto de la Piedra de San Martín y, en concreto, en el mojón 262 (ya en terreno francés), la ceremonia del "Tributo de las tres vacas".
En la Wikipedia está muy bien explicado cuál es su origen y en qué consiste.

Como, además, llevaba años queriendo subir el Anie, fui preparado para ello, en caso de que el tiempo lo permitiera.

Tal y como esperaba, por haberlo leído en alguna página web, tuve que dejar el coche algo alejado, poco después de pasar por la curva helicoidal. Había un policía foral encargado del asunto. Cada nuevo coche (salvo que se dirigiera a Francia) pasaba a engrosar la fila de coches aparcados que empezaba en el puerto.

Llegué a las cercanías del mojón unos veinte minutos antes del mediodía, que es cuando empieza el invento. Había mucho ambiente, con una charanga animando musicalmente al personal, puestos de venta de diversos productos y gente pululando por todas partes.
Tomé posiciones para poder ver bien todo, pero al poco aparecieron unos periodistas y una chica con su cámara se interpuso entre el mojón y un servidor, por lo que preferí cambiar de sitio (hacia el final, una señora se quejó a la periodista porque no le había dejado ver casi nada; la chica le contestó, con razón, que ella hacía su trabajo y que la habían puesto en ese sitio para llevarlo a cabo... y que no quería discutir; dicho lo cual se marchó).

Desde la misma presentación del acto se manifestaron algunos problemas con la megafonía. Parecieron arreglarlo, pero después se repitieron en algunos momentos.
Hubo que esperar a los alcaldes españoles unos minutos (...). Mientras tanto, aprovecharon para poner una medalla de no-sé-qué a no-sé-quién (la megafonía, que hacía de las suyas).
Una vez todos presentes, incluido el presidente de la Comunidad Foral de Navarra, y de una forma muy sencilla se llevó a cabo el acto. Después, se leyó el texto del acuerdo y se firmó por los alcaldes.
Aplausos, sonrisas y todos contentos (bueno, menos la señora cabreada con la periodista).

Piedra de San Martín, Tributo de las tres vacas
Piedra de San Martín, Tributo de las tres vacas (46kb)
Piedra de San Martín, Tributo de las tres vacas, firmas
Piedra de San Martín, Tributo de las tres vacas, firmas (49kb)

Pasaron unos joaldunak, con sus grandes cencerros sonando al unísono, y a continuación se realizó simbólicamente el apartado de las tres vacas, que enseguida volvieron con sus socias antes de marcharse todas juntas sin saber para qué las habían llevado hasta allí y qué hacía tanta gente mirándolas.

Piedra de San Martín, Tributo de las tres vacas, vacas
Piedra de San Martín, Tributo de las tres vacas, vacas (48kb)
Piedra de San Martín, Tributo de las tres vacas, vacas
Piedra de San Martín, Tributo de las tres vacas, vacas (40kb)

Terminó así felizmente la primera parte de la excursión. Está muy bien que ese acto goce de tan buena salud.

Mientras la gente se desperdigaba, eché a andar hacia el Pic d'Anie. La primera vez que oí hablar de esa montaña fue a finales de los 70, y el que hablaba era un italiano que, finalmente, la subió en compañía de un compatriota suyo.

Había leído, fundamentalmente, dos cosas sobre ella: lo enrevesado de la zona de Larra (un lapiaz extenso poco menos que laberíntico) y el peligro de aventurarse por ese lugar en caso de niebla. La parte meteológica parecía, en principio, solucionada gracias a un cielo azul, sin rastro de nubes. A cambio, el sol calentaba fuerte, demasiado para mi gusto. Lo de Larra ya llegaría, que primero hay que bordear otro monte, el Arlas, con su bonita forma piramidal.

Arlas y el Anie
Arlas y el Anie (39kb)

Daba por hecho que habría montañeros que, tras asistir al acto ya citado, saldrían a continuación hacia el Anie. Eso mismo pensé que iban a hacer cuatro chicos a los que vi subiendo a corta distancia, pero se desviaron hacia el Arlas.
Seguí adelante, algo decepcionado. Me crucé con algunos que bajaban y, al cabo de un rato, vi a uno que subía por delante. Parecía un pastor, acompañado por su perro; pero, tras llegar a su altura, resultó ser un vitoriano que se dirigía también por primera vez al Anie. Había subido previamente el Arlas y estaba algo cansado por otra excursión que hizo ayer, en la que caminó durante bastantes kilómetros.
Para entonces habíamos dejado atrás la hierba y sólo pisábamos piedras (y algo de nieve en algún que otro sitio).
El terreno kárstico es incómodo. A cambio, no es nada resbaladizo.
Fuimos subiendo, orientándonos necesaria y obligatoriamente por los cairns o montoncitos de piedras que indican por dónde va el buen camino.

Pic d'Anie
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Al llegar a la característica pirámide final (algo más grande de lo que parece a distancia...) ya no había mucho riesgo de pérdida.
Poco a poco, fuimos ascendimos hasta llegar a la cumbre. Soplaba bastante viento y no conocíamos casi ninguna de las montañas que se veían desde allí, así que no estuvimos mucho rato. No había buzón, aunque sí el soporte del mismo.

Pic d'Anie, vista desde la cima
Pic d'Anie, vista desde la cima (34kb)

Estaba preocupado por el descenso, porque me arreglo mal con las piedras y había demasiadas, pero todo fue mejor de lo previsto hasta que, inesperadamente, empezamos a vernos metidos en zonas complicadas. Seguíamos viendo cairns y de uno íbamos al siguiente, pero aquello cada vez se parecía menos al camino que habíamos seguido a la ida. De hecho, pasamos por unas cuantas zonas más de nieve que al subir, y nieve sin huellas, de modo que éramos los primeros en pasar por ellas durante ese día, y más bien resbaladiza.

A todo esto, la perra aprovechaba cada zona con nieve para tumbarse y/o comer-beber un poco de ella. Otra cosa que hacía era "llorar" cuando tenía que superar alguna grieta y no veía el modo de saltar con seguridad. Un caso.

Se nos hizo evidente que íbamos mal. Una especie de extravío controlado, más que nada porque si hay cairns significa que se puede seguir adelante. Pero las zonas complicadas se sucedían, pasábamos por ellas a trancas y barrancas y lo que a distancia parecía un terreno fácil se convertía en un nuevo quebradero de cabeza al estar sobre él.
Tras alcanzar una zona herbosa nos vimos a salvo y dimos por hecho que el par de tramos pedregosos que veíamos por delante, no muy extensos en apariencia, serían un juego de niños comparadas con lo que habíamos dejado atrás. Nada de eso, una vez más se repetía la historia y nuevas grietas o relieves insuperables nos hacían dar rodeos o bajar de mala manera. Desesperante.

Por fin, tras mucho batallar y alguna sorpresa (como un animal parecido a un gato, pero gordo y muy peludo, que echó a correr al verme y que se detuvo un momento para contemplarnos tranquilamente a distancia), divisamos desde una altura un camino. ¡A por él!
Unas cuantas dificultades más, un pequeño rodeo y recuperamos la tranquilidad al llegar a un simple sendero que nos pareció una autopista.

Todavía quedaba un largo trayecto hasta el punto de partida. Tuvimos tiempo de sobra para darnos cuenta del tremendo calor que estaba haciendo, sobre todo cuando no soplaba brisa, y vimos algunos remontes (parados en esta época) pertenecientes a la estación invernal de Arette.

Acabamos tardando más en bajar que en subir, pero contentos por la experiencia, tanto por haber vivido en vivo y en directo lo laberíntico de Larra como por el hecho de que la cosa no hubiera pasado a mayores. Incluso, y a pesar del tremendo calor, tuvimos suerte de que el tiempo se mantuviera despejado, a pesar de que se veía a la niebla intentando acercarse al puerto.

Cansados, nos despedimos hasta la próxima vez que coincidamos, seguramente por las calles de Vitoria.

De la larga hilera de coches aparcados por la mañana fuera de los aparcamientos sólo quedaba el mío, allá abajo, caliente a más no poder. Con la sed con la que había bajado y no pude beber del agua que tenía por lo caliente que estaba.

El parte de guerra reflejaba un intento de amotinamiento por parte de los dedos de los pies, protestas de sus hermanos de las manos por el estado de las piedras a las que habían tenido que agarrarse y un golpe en una rodilla.

Al salir de casa por la mañana lo hice con la incógnita de saber dónde acabaría a la tarde, en función del tiempo que hiciera en el pirineo navarro. Terminé el día satisfecho de haber podido hacer todo lo que había previsto.

¡Pax avant!

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