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Donostia/San Sebastián
14-11-2005
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Con todas las leyes que rigen la vida de los sufridos ciudadanos, parece mentira que no haya una que obligue al personal a ver el mar una vez al año, como mínimo.
Si una norma de ese tipo incluyera como requisito el que su cumplimiento se llevara a cabo en la ciudad de Donostia/San Sebastián nadie lo vería como una obligación sino como un privilegio, un premio, un lujo.

Fui un lunes por la mañana y me dirigí al Paseo Nuevo, de donde subí a Urgull. Pasé allí bastante rato. Es un lugar que me gusta mucho. A esa hora no andaba casi nadie y estaba todo muy verde, muy bonito.
Pasé por varias baterías, por el cementerio inglés, la galería de tiro, el castillo de la Mota, etc. Como hace muchos años que no subo al mirador que hay al pie de la imagen del Sagrado Corazón, me hizo ilusión ver que se acercaba una monja a la capilla que da acceso al mirador. Vi que sacaba unas llaves, entraba... y volvía a cerrar desde dentro. Mi gozo en un pozo.

Urgull
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Urgull
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Urgull
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Volví al Paseo Nuevo, vi las obras de ampliación del Aquarium, pasé por el puerto imaginándome el ambiente y el jaleo que debió de armarse en septiembre en la disputa de las regatas de La Concha, y me metí en la parte vieja.

Entré, creo que por primera vez, en las dos iglesias que limitan la calle 31 de agosto, la del Coro y la de San Vicente. Ésta es el edificio más antiguo de la ciudad.

Terminé mi visita a la Bella Easo a mediodía, esperando volver pronto.

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