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Campan - Tourmalet - Campan

Orthez

27-07-2005
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El viaje de ida al punto de partida, a través de las autopistas del Suroeste de Francia, tuvo su nota negativa en un despiste que alargó el recorrido en bastantes kilómetros y muchos minutos.

La visión a distancia de la cadena montañosa de los Pirineos es una gozada.

En Bagnères de Bigorre, cerca ya del destino final, había bastante tráfico y muchos turistas.
Y en Campan había unos muñecos grandes en las puertas de casi todas las casas. Cosa curiosa.

Al largo viaje y al retraso añadido se le sumó un bochorno de lo más agobiante. Es mala suerte ir hasta allí, después de años queriendo hacerlo, y encontrarse con una sorpresa así.

Visto lo visto, ya desde el comienzo utilicé casi el desarrollo más bajo que permitía mi bicicleta y un ritmo de paseo relajado. Qué remedio.
Sin necesidad de pulsómetro podía contar las pulsaciones: demasiadas. Se supone que parte de ellas se debían a la emoción de estar en camino hacia un puerto tan mítico; pero, aun así, eran muchas.

Según la altimetría, la subida se empieza a poner realmente seria a partir de un pueblecito llamado Gripp, así que hice allí una parada "técnica" para no tener que hacer más durante el resto de la ascensión. Al agacharme para beber agua de un grifo noté, por encima del calor ambiental, el que despedía mi cuerpo. Preocupante.

Afortunadamente, el itinerario discurre a partir de allí por una zona boscosa y la temperatura se fue haciendo más soportable.
Por otra parte, veía bajar a algunos cicloturistas con chubasqueros, lo que me animaba a pensar que arriba hacía fresco. Yo los miraba con admiración, dando por hecho que todos habían subido fácil.

Está muy bien que los primeros kilómetros se dejen subir sin mucha oposición. Uno se va animando, se lo va creyendo... hasta que aparecen las galerías anti-avalancha que preceden a la estación invernal de La Mongie y se acaban las bromas.
Al ver las galerías a mucha distancia, desde abajo, no adivinaba de qué se trataba ni podía imaginar que había que pasar por allí.

Atravesar La Mongie fue un tanto desagradable. La pendiente en esa parte es bastante fuerte, los edificios ayudan a acentuar la sensación de dureza; además, soplaba un viento lo suficientemente fuerte como para echar a la cara tierra de la que dejaban en la carretera los camiones que entraban y salían de una obra en la parte alta de la estación.

Necesité un kilómetro para recuperarme algo, pero el siguiente fue el mejor, tuve mi "minuto bueno" y empecé a disfrutar de verme allí, convencido ya de que iba a llegar arriba.
Antes, el puerto me puso en mi sitio, me bajó los humos y me hizo tomarme con la necesaria calma el duro kilómetro final, en el que reapareció el viento. Volví a contar las pulsaciones: menos que en el falso llano inicial.

En la cima, un grupo de turistas ocupaba buena parte de la carretera. No me vieron ni oyeron, pero uno de ellos se separó de los demás para mirar algo y por allí pude pasar.
El Tourmalet es el puerto de los puertos, el puerto por antonomasia, el padre de todos los puertos, el centro del mundo cicloturista y no sé cuántas cosas más. Y yo allí, muy contento de haberlo subido.

Entablé relación con un cicloturista francés que acababa de subir por el otro lado. Hablando de las dificultades de la subida, terminé sentenciando: "c'est le Tourmalet", a lo que él asintió. Nada como llegar allí de pardillo para hablar como un experto.

Tourmalet 1
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Tourmalet 3
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Andaba bastante gente yendo y viniendo por el camino que conduce al Pic du Midi de Bigorre.

Al volver a pasar por La Mongie, el viento andaba levantando más tierra que antes. Increíble.

Más de un cicloturista estaba subiendo a pie empujando la bici. Tenían pinta de haber empezado en la estación invernal.
Poco antes de la primera galería (según se baja) me llevé un pequeño susto al tomar una curva y encontrarme con una fila de coches parados. Tuve tiempo para frenar. El motivo era una cuadrilla de ovejas que estaban tumbadas plácidamente a la sombra de la galería y entorpecían el tráfico, sobre todo cuando coincidían coches subiendo y bajando en ese punto.

A partir de allí, y a pesar de que suelo bajar despacio, lo pasé muy bien con el descenso. Prácticamente no hay curvas cerradas y el asfalto estaba en muy buen estado. Un placer.

Para cuando volví a pasar por Gripp el calor estaba de nuevo haciendo de las suyas.

En el viaje de vuelta, una visita turística a Orthez, donde acababan de terminar las fiestas.

Orthez, puente viejo.1
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Orthez. Château Moncade, terraza
Orthez. Château Moncade, terraza (29kb)
Orthez. Hôtel de la Lune
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