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Peñacerrada - Samaniego - Oyón - Meano - Laguardia - Peñacerrada
17-07-2005
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Para cuando llegué a Peñacerrada con el coche ya noté que estaba haciendo bastante calor.
En esas condiciones no estaba de humor para apreciar el paisaje según subía el puerto de Ribas de Tereso, que es de lo más asequible. El descenso, como el de Orduña por el lado burgalés, fue un suplicio. El soporte artesanal que llevaba para el tetra-brik comenzó a flojear con tanta sacudida y tanto bote.
Por el mismo motivo, supongo, el cuentakilómetros tampoco funcionaba bien.

Tan "contento" iba que me despisté en un cruce y tiré hacia San Vicente de la Sonsierra, saltándome Labastida.

En San Vicente la gente estaba en la plaza. El tetra-brik ya no aguantó más y empezó a caerse al suelo, dando un bonito espectáculo.
Yo quería ver el pueblo, pero entre lo del tetra-brik, el lío de las calles, el que todas (o casi) estuvieran en cuesta y que se me estaba yendo el tiempo sin aclararme gran cosa, empecé a agobiarme. Al menos, bajé por una calle con bastante pendiente hasta un hermoso puente medieval.

San Vicente de la Sonsierra
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San Vicente de la Sonsierra
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Saliendo de allí, solucioné provisionalmente los problemas de sujeción del tetra-brik saltarín con algo tan simple como un trozo de un sobre que había en la cuneta.

El calor iba a más, el sol quemaba. Cogí agua en Samaniego y me quedé un rato a la sombra.

En Villanueva no vi el desvío a Leza y Navaridas, así que acabé en Elciego, donde volví a coger agua. Di una vuelta por el casco antiguo, que me gustó.
Estaban construyendo una bodega de diseño en la salida hacia Lapuebla.

Elciego
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Elciego
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Muchas subidas (algunas bien respetables) y bajadas después llegué a dicho pueblo, por el que pasé casi de largo, limitándome a preguntar a unas nativas por la carretera a Oyón.

El paisaje lo monopolizaban los viñedos, rivalizando con la omnipresente sierra de Toloño al Norte. No disfruté gran cosa de lo que veía por culpa del tremendo calor.

Pasado Assa, vi una indicación del puente de Mantible. Interpreté que había que meterse por un camino entre vides y así lo hice. Dejé la bici junto a la carretera.
Aquello era surrealista, ¿qué pintaba yo allí mientras se me llenaban las zapatillas de tierra y el sol me achicharraba a placer?
Llegué al río y allí no había ni rastro de puente alguno. Menos mal que había unas familias portuguesas y uno de los hombre me orientó bien.
Al cabo de un kilómetro de travesía del desierto llegué a los dos arcos que quedan de lo que antaño debió de ser un señor puente, algo majestuoso.

Puente medieval de Mantible
Puente medieval de Mantible (33kb)

Por si el agua que llevaba no estuviera suficientemente caliente, la mezcla de polvos mágicos para obtener una bebida isotónica me había quedado algo salada.

En Oyón, me senté en un parque y allí estuve un buen rato, bebiendo, descansando y recuperando la identidad perdida.

Esperaba que el calor fuera disminuyendo a medida que avanzaba la tarde y así fue. Entonces apareció un molesto invitado: el viento. Tan fuerte en intensidad como lo había sido el calor durante el día.

Tras dejar atrás Yécora, caí en la cuenta de que me había saltado el desvío a Lanciego, que también quería visitar. Más enfado.

Subiendo a Meano parecía que estaba subiendo un puerto de categoría especial, las rachas de viento me hacían dar bandazos y a punto estuvieron de mandarme a la cuneta un par de veces.
A partir de allí, tuve el viento a favor, más o menos.

También quería visitar un par de dólmenes que hay por ahí, pero no estaba el horno para bollos, así que lo dejé para mejor ocasión.

Gracias (por una vez) al viento llegué pronto a Laguardia. La subida de entrada al pueblo se me atragantó de mala manera. En cuanto me topé con una fuente, la de Santa Engracia, con agua fresca, paré. Me notaba muy cansado, pero se me estaba haciendo tarde y tenía que continuar.

Para cuando llegué a Leza, tras unas cuestas que se me hicieron pesadas, no se veía el sol y hacía hasta fresco.

Nada más empezar a subir La Herrera reapareció el fuerte viento. Desesperante.

Aguanté lo que pude de forma surrealista hasta que una racha me sacó de la carretera. Al poco de reemprender la marcha se repitió la jugada. Otro intento de continuar adelante y una nueva racha me frenó en seco.

Aquello estaba imposible y me puse a hacer auto-stop. Pasaron unos coches de largo, pero el primer monovolumen que apareció se detuvo. En él iba un matrimonio joven, bien majos, con sus dos hijos. La niña, de 3 años, no me hizo ni caso en todo el viaje y miraba para otro lado ante mis intentos de confraternizar; el niño, de 6 meses, estuvo mirándome fijamente durante un largo rato hasta que pareció olvidarse de mí.

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